En una fría tarde invernal, cuando el viento se vuelve más punzante y la luz del sol se apaga, la sopa de garbanzos se erige como un refugio de calor y sustancia, perfecta para calentar los ánimos y los cuerpos. Este plato rico, típico de las Marcas, se distingue por su consistencia robusta y el sabor envolvente de los garbanzos, que se amalgaman armoniosamente con el aroma del jamón crudo y el sabor decidido de las costillas de cerdo. La preparación comienza con una cuidadosa rehidratación de los garbanzos, que, gracias al uso del bicarbonato, se vuelven particularmente tiernos, permitiendo una cocción uniforme y una cremosidad que hace que la sopa sea irresistible. Las Marcas, región de tradiciones culinarias arraigadas, ofrecen diversas variantes de este plato, pero la combinación de ingredientes frescos como la escarola y el apio, junto con un sofrito de cebolla, ajo y perejil, es lo que lo hace único. Este plato no es solo una simple comida reconfortante; es perfecto para un almuerzo en familia, quizás acompañado de crostini de pan tostado y una espolvoreada de pecorino, que añade un toque de salinidad y carácter. La sopa de garbanzos también se presta bien a ocasiones especiales, como un almuerzo dominical, donde el calor de la cocina se mezcla con los aromas de las tradiciones locales. Con su riqueza y su sabor envolvente, esta sopa no es solo un plato para degustar, sino una verdadera celebración de la cocina marchigiana, que invita a sentarse alrededor de una mesa y compartir momentos de auténtica convivialidad.
* valores aproximados por porción
Dejar en remojo los garbanzos durante un día y una noche con el bicarbonato (aproximadamente una cucharada). Picar una cebolla, ramitas de perejil, un diente de ajo y el jamón, luego sofreír en una cacerola con aceite y mantequilla; después agregar los garbanzos y tras un par de minutos unir tres litros de agua fría. Aumentar el fuego y añadir el tallo de apio, tres hojas troceadas de escarola y costillas de cerdo en trozos, salar y pimentar. Continuar la cocción a fuego lento durante tres horas para reducir el agua a la mitad. Servir en platos en cuyo fondo se hayan colocado las rebanadas de pan tostado. En cada plato espolvorear una cucharada de queso pecorino rallado.